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marzo 15, 2010

LA MÚSICA Y EL OCASO DE ROMA


Los textos fijan en el año 476 la caída de Roma, el fin de la historia antigua y principio de otra edad algo rara, oscura y romántica, y de todos modos diferente de la nuestra mucho más que la anterior. La nueva era, la medieval, no pudo llegar a la plenitud de su cultura, pero su evolución fue un proceso necesario que el Occidente había de recorrer. La transformación política y cultural fue completa.

Con la caída de Roma, que sucumbió al cabo de un lento y gradual proceso de desintegración, se cumplen largos períodos de historia musical, cuya parte esencial, la música misma, escapa a nuestro conocimiento por la ausencia de fuentes específicas y completas de tal arte. Pero no crea el lector que en los siglos subsiguientes las cosas cambien de prisa. Por el contrario, la evolución sigue siendo muy lenta, y todavía tenemos que valernos de datos, hechos y monumentos extramusicales para penetrar el espíritu musical de épocas tan distintas de la nuestra. Todavía no entendemos con certeza ningún documento de música que date de entonces, porque la notación jeroglífica, llamada neumas (probablemente del vocablo griego que significa ademán) no fija la altura ni la duración del sonido, en razón de que tales signos, según parece, sólo tenían un valor mnemotécnico.

Las influencias culturales del mundo clásico antiguo se conectan hasta tan lejos como China a través de la India, y ésta por intermedio de Persia y Asia Menor que llegaron a Grecia. Otra corriente siguió el curso de la costa mediterránea hacia Egipto y Cartago. Finalmente cruzaron el mar desde estas dos direcciones para llegar a Roma, donde se concentra por un buen espacio todo el poder y la cultura de la época. Allí convergen también las culturas musicales que parecen haber seguido fielmente aquella enigmática marcha, después de sufrir las contingencias todavía oscuras de una historia milenaria.

Todos los caminos llevan a Roma: también en materia musical cabe aplicar este dicho. En sentido contrario parten de la Ciudad Eterna extendiéndose por toda Europa, los derroteros de una nueva cultura, y por lo tanto, de una nueva música, aunque sus fundamentos sean, como veremos, netamente orientales.

Roma, la grande urbe, el centro del mundo, presenta en aquellos primeros siglos de nuestra era dos fases bien diferenciadas. Acudamos a una referencia sencilla para explicar este raro y curioso fenómeno de que un lúgar sea simultáneamente la tumba de una civilización y la cuna de otra. Recordemos las carreras de cuadrigas en el Circo Máximo: todo aquí es magno, vigoroso, espléndido. Sin embargo, a este fulgor exterior ya no corresponde un firme fundamento moral. Toda la vida se torna superficial, manifestándose los síntomas de una cultura agotada, cuya decadencia progresa a ojos vistas, penetrada ya por los gérmenes de males incurables, presagios del apocalipsis que, de tiempo en tiempo, destruye con fuerza misteriosa las civilizaciones de nuestro mundo.

Recordemos a grandes pasos el devenir del arte helénico en el Imperio Romano. Poco a poco, Grecia declinó en su poderío, cediendo al predominio universal de Roma. Pero el pueblo conquistador se dejó subyugar -caso muy típico- por la superior cultura del pueblo vencido y la adopta para sí. Con todo, el magnífico y profundo arte griego cae en lo trivial y vacuo al ser absorbido por el guerrero romano. De solaz espiritual, se convierte en distracción barata. A la inversa, el marco de los espectáculos creció en forma gigantesca; otro fenómeno muy típico de las épocas decadentes. En el Circo Máximo se congregaron más de doscientos cincuenta mil espectadores (si podemos confiar en las crónicas) para presenciar las fiestas que sólo consistían en combates de gladiadores o carreras de cuadrigas (la elevación de espíritu que es capaz de apreciar la belleza de una obra teatral, lírica o poética prácticamente había desaparecid0) , pues ya habían perdido por completo el espíritu artístico que Grecia les había inculcado.

Los romanos no inventaron ningún instrumento musical nuevo; los importaron todo, mostrando especial predilección por la flauta. Ésta sirvió, por ejemplo, en las consultas solemnes que los romanos formularon a sus dioses, pero era igualmente el instrumento principal en las bacanales, fiestas libertinas, antecesoras lejanas del carnaval.

También los espectáculos teatrales fueron producto de importación en Roma. Sabemos que en 336 a. C. aparecen por primera vez las pantomimas etruscas, a su vez sucesoras del teatro griego, pero con la variante de que en ellas la música no cesaba durante toda la representación. Aquí se ofrece el primer ejemplo de continuidad del elemento lírico en el teatro. Desde entonces la Ciudad de los Césares tuvo su propia forma teatral, aunque más bien de índole satírica y de carácter popular, salvo las escasas excepciones en que se trató de imitar la tragedia griega.

El arte decayó progresivamente. Hombres de gran talento e imaginación como Plauto (254 - 184 a.C.) escribieron sus obras para el sector más bajo del pueblo. Ya no existían los artistas superiores de la época clásica griega; en cambio, abundaban los aficionados vanidosos, como el mismo emperador Nerón, quien exclamó al momento de su muerte: "¡Qué gran artista pierde el mundo conmigo!". Los espectáculos se volvieron cada vez más crueles y repugnantes, hasta terminar con las matanzas de esclavos y cristianos, en las arenas del circo y acompañadas por aires musicales.

Pero dejemos la superficie de la gran ciudad, y penetremos por debajo de ella a través de parajes ocultos y corredores clandestinos: henos en las catacumbas, donde un grupo de personas cada vez más numerosa se reúnen; una nueva luz brilla en sus miradas y sus corazones albergan una nueva fe que pronto llevará a los labios melodías antiguas en la forma, pero renovadas por el espíritu que las ilumina y conduce: la doctrina revolucionaria del Maestro Nazareno. Así nace en la oscuridad de las catacumbas la nueva cultura, mientras que afuera, a la luz del día, el antiguo mundo se acerca lentamente a su fin...

El desprecio que los primeros cristianos sintieron por la música no es más que la aversión por las formas en que se profanaba este arte divino en la sociedad corrompida de Roma. Será el mismo cristianismo, cuyos fieles habiendo construido una coraza espiritual se habían mantenido incontaminados ante tales depravaciones, quien se encargará de salvar los restos del arte y los conducirá hacia un nuevo amanecer.